2007/07/01

Loco Hace Volar Media Escuela

Primeros días de julio, la mañana estaba tan fría que las autoridades de la escuela autorizaron que los que quisiéramos, nos podíamos quedar en el aula durante los recreos.

Por suerte, un par de padres nos alcanzaron unas estufas a supergas para calentar las aulas de los grados inferiores. Los más grandes que den el ejemplo y se las aguanten que para eso han tomado más sopa.

Así durante un recreo, donde la mitad de la clase optó por quedarse en el aula, la mayoría despuntando su vicio por jugar al truco, reingresa el alumno Schroedder, uno de los más revoltosos y locos del colegio.
Parece que no le cayó bien que le pusieran la estufa de supergas cerca de su pupitre porque apenas entró, cortó el gas y se sentó... pero no pasaron un par de segundos cuando volvió hacia la estufa y tras desprender la válvula, tomó la garrafa con una mano, abrió la ventana de nuestra aula, que daba al patio en planta baja y la arrojó como quien tira un envoltorio de caramelo.

Yo que fui testigo de todo esa secuencia de locura, no pude más que cubrirme los oídos con mis manos y acurrucarme sin dejar de mirar hacia la ventana, desde donde no se hizo esperar la visión de un cegador fogonazo acompañado de un atronador ruido que le siguió una larga serie de estertores.

El edificio temblaba, las cartas de los jugadores de truco volaron por el aire, no tanto de la onda expansiva de la explosión sino del susto que se pegaron los guapos, y yo me preguntaba cuándo empezaría a chuparme el suelo, pero ese momento no llegó. Tan rápido como sonó el apocalipsis, un silencio profundo le continuó, y aunque el ambiente se llenó de polvo, pude agradecer no esté respirando humo... de algún modo se había evitado un incendio.

De a poco empezamos a bajar por lo que quedaba de la escalera principal y fuimos viendo que la mayoría de la planta baja había quedado hecha escombros. Salimos a la calle, cruzamos hacia la vereda de enfrente y vimos que también parte del primer piso, en especial algunas paredes y la mayoría del techo ya no existía.

¡Fiuh! no pude menos que exclamar mientras me pasaba la mano por la frente.